Llegué a Bogotá desde Santander con mi hermana por los años setenta y, en ese momento, supe de la existencia de mi maestra Regina «11». Fue una afortunada casualidad: iba caminando por la calle cuando vi en una tienda un periódico colgado para la venta. De pronto, me llamó la atención un aviso que tenía la foto de mi maestra, donde anunciaba que iba a dictar un curso para principiantes. No sabía en ese momento por qué me entusiasmé tanto, pero dije para mis adentros: «Uy, yo sí tengo que ir a ese curso».

Días después me encontré con mi hermana —pues en ese momento yo ya estaba casada— y le dije: «Yo tengo que ir a ese curso; si no voy, me voy a morir». Esas palabras parecieron premonitorias más adelante.
Cuando asistí al curso, mi maestra Regina «11» nos dijo: «Si se les daña la cremallera, un anillo o un reloj, o se les pierde algún objeto, es porque los estoy protegiendo».
Mi maestra me protegió. Yo tenía un anillo de fantasía muy bonito que quería mucho y se me perdió; no supe qué se me hizo. Al poco tiempo de la pérdida, íbamos atravesando la autopista con mi esposo. Él me llevaba de la mano y yo llevaba puestas unas sandalias muy buenas. Por entretenerme viendo a unos hombres que estaban consumiendo marihuana, no vi que venía un carro; mi esposo me jaló rápido y el vehículo se llevó por delante una de mis sandalias, destrozándola por completo. Cuando pasamos al otro lado de la autopista, la gente nos preguntó si me había pasado algo. Ahí estuvo la protección: me salvé de ser atropellada. Solo me quedó doliendo un dedito porque se me alcanzó a hacer una pequeña herida, y la pierna se me puso morada del golpe. Esa fue una protección muy grande; nadie más que mi maestra Regina «11» me salvó.





