Cuando mi hija tenía 9 años, atravesaba grandes dificultades académicas; estuvo a punto de no superar el segundo grado de primaria. En aquel entonces, tanto mi esposo como yo cometimos el error de recurrir a los castigos físicos, frustrados porque sentíamos que no avanzaba y que su aprendizaje era lento. Como Sauróloga, me llena de vergüenza admitirlo.

Sin embargo, un día reflexioné y decidí que debía poner en práctica las enseñanzas de mi maestra, Regina “11”. Hablé con su profesora y preferí que mi hija repitiera el año, pero con un enfoque totalmente distinto. Comencé a tratarla con amor, a dialogar con ella y a susurrarle palabras de aliento mientras dormía, tal como la maestra nos enseñó:

‘Mi amor, tienes toda la capacidad para ser la mejor; tú puedes salir adelante. Yo te voy a ayudar, te quiero y te amo, pero necesito que seas una excelente estudiante’.

Hoy, mi hija tiene 52 años y es una exitosa Administradora de Empresas que trabaja en una universidad. Gracias a que apliqué las enseñanzas de la maestra Regina “11”, ella logró superarse. Estaré siempre agradecida por esa guía.