Mis suegros eran propietarios de la «Lechonería del Tolima», un negocio familiar que cerró hace más de 20 años tras el fallecimiento de mi suegra. Mi esposo, Alexander, trabajaba allí junto a casi todos sus hermanos.

Una noche, al llegar a casa, Alexander se disponía a ponerse la pijama cuando noté algo extraño. Al ver su ropa interior, exclamé: «¡Uy, Alexander! ¿Limpiaste las latas con los interiores? ¡Están negros!». Él se miró y, sabiendo que no podía ocultarme nada, me contó lo sucedido.

Resulta que, al intentar encender el horno para meter unas lechonas, le pidió ayuda a un empleado. En un descuido, el soplete generó una llamarada repentina. El empleado sufrió quemaduras de segundo y tercer grado; sin embargo, a Alexander no le pasó absolutamente nada. La ropa interior que llevaba puesta ese día —adquirida en la sede de mi Maestra Regina «11»— lo protegió de las llamas gracias al magnetismo que ella impregna en cada artículo.

Muchas gracias, Maestra Regina «11», por protegernos y ayudarnos de tantas formas en nuestra vida diaria.