Cuando conocí a la Maestra Regina «11», llevaba 12 años trabajando con el Magisterio como educadora y dictaba clases en un colegio del municipio de Bello, Antioquia. Por esa época me encontraba muy enferma a causa de una amigdalitis mal curada que padecí durante mi infancia. Los cardiólogos me diagnosticaron daño en la válvula aórtica y cardiomegalia (aumento del tamaño del corazón); como consecuencia, sufría de constante asfixia, fiebre reumática todas las noches, dolor severo en los huesos y amigdalitis en promedio cada ocho días.

Los médicos insistían en que debía operarme de la válvula aórtica. En ese entonces, la cirugía costaba 45 millones de pesos. El problema no era el dinero —ya que el departamento de Antioquia cubría el costo—, sino que el pronóstico era sombrío: las expectativas de vida eran casi nulas y me advertían que muy probablemente moriría en el quirófano.

Cuando le pregunté al cardiólogo para qué me operaría si me iba a morir, él me respondió: «Tiene dos opciones: se opera y puede ser que quede muy bien o que muera; si no se opera, quedará con constante asfixia en una silla de ruedas desde ahora».

Asistía con frecuencia a la Clínica Cardiovascular Santa María para realizarme electrocardiogramas y diversos exámenes del corazón. Recuerdo que una vez, al salir con mucho dolor en el pecho, escuché a dos cardiólogos conversar. Uno le decía al otro: «La paciente de la 306 se nos va a morir, pero nos vamos a ganar una platica», mientras hacían cuentas. Sentí muchísimo miedo y pensé: «Aquí me van a matar. Si me operan, será solo por el dinero y voy a terminar muerta».

Le conté lo sucedido a mi compañera Fanny Bedoya y ella me sugirió: «Vamos donde Regina “11”, ella tiene poderes mentales». Me propuso asistir a un curso para principiantes. En ese momento yo no la conocía.

Asistí a mi primer curso un domingo en San Cristóbal (Antioquia). Quería hablar con la Maestra en esa ocasión, pero había tanta gente que no fue posible. Mi intención era preguntarle directamente si me podía curar. Me fui muy triste y le dije a mi compañera:

—Perdimos la venida y el dinero.

—No perdiste nada —me respondió ella.

—¿Por qué no?

—Porque ella tiene poderes y es clarividente. No importa cuánta gente haya en la sede; a cada uno le ve el aura, se da cuenta de los problemas que tiene y empieza a trabajar para darles solución.

—Eso es imposible —insistí.

—Es así —reafirmó.

A decir verdad, yo no entendía nada en ese momento. Sin embargo, esa misma semana, tras haber asistido a dicho curso, la fiebre desapareció. Tres meses después, mi compañera me invitó a un nuevo curso. Asistí y esa vez sí logré hablar con ella. Le conté mi situación, me escuchó con atención y me dijo: «Vamos a ver, pero siga tomando la pastilla». Quedé asombrada, pues en ningún momento le había mencionado que consumía medicamentos. Ahí comprendí que mi compañera tenía razón. No obstante, me fui algo inconforme porque no me dio una respuesta definitiva.

Cada vez que iba a consulta, el cardiólogo me repetía que en cualquier momento me daría un infarto. Vivía en una angustia continua, convencida de que la muerte me acechaba a diario, por lo que no me atrevía a hacer planes a futuro. Mi jornada laboral era de 6:00 a. m. a 12:00 m., y al llegar a casa exhausta, dormía toda la tarde.

No obstante, tras ese segundo curso noté que la asfixia también había cesado. Cada vez que acudía a ver a la Maestra Regina «11», experimentaba una nueva mejoría. Por ello me propuse seguir asistiendo con regularidad. Gradualmente me curé de todos los malestares: no me volvió a dar fiebre, asfixia ni amigdalitis. Al ver que mi estado de salud mejoraba día a día, dejé los medicamentos y descarté la cirugía. Asumí el riesgo con la tranquilidad de que ya no me ahogaba. Hoy, 45 años después, continúo siguiendo a la Maestra.

Al sentirme fortalecida, volví a proyectar mi vida. En ese momento solo era normalista, de modo que decidí superarme: estudié la Licenciatura en Administración Educativa en la Universidad de San Buenaventura de Medellín, obtuve una Maestría en Educación, Cultura y Comunidad en la Universidad Javeriana de Bogotá y realicé varios diplomados para ascender en el escalafón del Magisterio. También me habían dicho que no podría ser madre, pero logré tener una hija. Mi vida dio un giro radical y alcancé la estabilidad económica y emocional, todo por seguir al pie de la letra las enseñanzas de mi Maestra Regina «11».

Treinta años después de haber alcanzado mis metas, finalmente debieron realizarme la cirugía de corazón. Pero ese es otro testimonio que compartiré en la siguiente publicación.