En 1989, mis dos hijos mayores tenían seis y cuatro años, respectivamente.
Yo vivía en una casa con pisos de madera y les aplicaba cera. Un día, una señora me sugirió mezclar la cera con gasolina y calentarla para obtener un mejor brillo. La cocina estaba cerca del patio, donde yo guardaba un galón de Cocinol (una marca de derivado del petróleo, similar a la gasolina, que en ese tiempo se usaba comúnmente como combustible para cocinar).

Puse a calentar la cera con la gasolina tal como me indicaron. En el momento menos pensado, la coquita donde estaba la mezcla se encendió, produciendo un lamparazo (llamarada) terrible. Del susto, mi mirada se dirigió a una foto en blanco y negro de la Madre Regina “11” que tenía cerca, y grité: «¡Regina, proteja a mis hijos y a las personas que viven aquí!»
En ese instante, como por arte de magia, el fuego se apagó en seco. No lo podía creer.
Yo habitaba el primer piso de una casa de cuatro pisos, en cada piso vivía una familia. El pánico me hizo pensar que la casa entera iba a incendiarse y que todos moriríamos. El calor fue tan intenso que alcanzó a llegar al baño: todos los envases de plástico, como el del champú y otros productos, quedaron inflados por el calor. Yo misma me alcancé a quemar las pestañas. Por fortuna, el fuego no llegó al galón de Cocinol. No quiero ni imaginar lo que habría pasado si eso hubiese ocurrido.
Ese fue el susto más terrible que he tenido en mi vida. Gracias, Madre. Estoy segura de que fue una protección que ella nos brindó en ese momento, pues de lo contrario, habría ocurrido una tragedia muy grave. Madre, la amo porque siempre me ha protegido.
Magdalena Pinzón – Maestra Mapin





