En la época en que trabajaba como domiciliario en bicicleta, tuve la oportunidad de reafirmar el poder de la oración y la unión de los dedos del corazón.

En una ocasión, mientras entregaba un pedido, dejé mi bicicleta asegurada con una cadena y un candado de clave. Al regresar de hacer la entrega e intentar abrirlo, me di cuenta de que había olvidado la combinación. Angustiado, busqué a un guardia de seguridad o a alguien que pudiera ayudarme a conseguir una segueta o un serrucho para cortar la cadena, pero no encontré a nadie porque estaba en un lugar en donde solo había conjuntos residenciales.

En medio de mi desespero, uní los dedos del corazón y recité la Oración de Jesús de la Columna. Justo al terminar de rezar, tomé la cadena y, sorpresivamente, el candado se abrió.

Gracias de todo corazón, maestra Regina “11”, por su entrega y por enriquecer nuestras vidas con su guía.